Un organismo transgénico (o genéticamente modificado) se puede definir como aquel ser vivo en cuyo material genético se ha introducido material genético de otro organismo. Por lo que partiendo de esta definición se supone que los transgénicos surgieron para dotar a estos organismos de una serie de ventajas.
Entre las mejoras que se pretenden con la manipulación genética de los cultivos destacan, entre otras, el aumento de la calidad de los productos, hacerlos más resistentes a las plagas, enfermedades o a las condiciones ambientales adversas como heladas, o que su crecimiento sea más rápido.
Pero no todo iban a ser ventajas. Parece que los transgénicos pueden presentar riesgos para el medio ambiente y la salud humana.
Si hablamos del medio ambiente, se desconocen los efectos de la transferencia de genes entre individuos modificados genéticamente y otros silvestres de la misma especie (en el caso del polen), siendo posible también que los genes de resistencia a los antibióticos utilizados, pasen a las bacterias patógenas, pudiendo desarrollar resistencia a ellos. Se supone también que si estos organismos tienen mayor capacidad de adaptación se extenderían, lo que conllevaría una pérdida de biodiversidad.
Existen numerosos estudios en los que los transgénicos se presentan como alimentos que dañarían nuestra salud, pero realmente, la comunidad internacional no ha llegado a ningún acuerdo sobre este tema.
Lo que sí está claro es que se han convertido en un gran negocio para las multinacionales que se dedican a su comercialización, ya que al patentarlos, obligan a los agricultores a comprar cada año sus semillas.
Por estas razones, y algunas otras, los transgénicos tienen muchos detractores. En especial los grupos ecologistas, que les han declarado la guerra, reivindicando que dejen de producirse ya que como ellos aseguran, ni son buenos para la salud ni para el medio ambiente.
Pero como contrapunto, hace cosa de un mes, salió a la luz otro posible uso de estos organismos genéticamente modificados. John Beddington, principal experto científico del Gobierno británico y Profesor de Biología Aplicada de Poblaciones, se ha declarado a favor del uso de los transgénicos en la agricultura para prevenir la posible escasez alimentaria futura y para combatir el cambio climático.
Como aparece en el documento publicado en el diario británico The Guardian, técnicas y tecnologías como la biotecnología, la nanotecnología o la ingeniería genética tendrán que desarrollarse para poder ser aplicadas en la creación de nuevas técnicas para aumentar la producción de los cultivos y la seguridad alimentaria con el fin de abastecer a los miles de millones de personas que habitan nuestro planeta y a la vez luchar contra el cambio climático. Es decir, a su juicio habría que empezar una “revolución verde transgénica”
Según Beddington, no se puede confiar sólo en las cosechas tradicionales ya que su crecimiento no sigue el mismo ritmo que el de la población y que condiciones climatológicas adversas podrían hacer peligrar sus cosechas.
Entonces... ¿qué hacemos? ¿Cultivamos transgénicos con los posibles riesgos que puedan acarrear a nuestra salud o al medio ambiente a medio o largo plazo? o ¿no los cultivamos sabiendo que pueden ayudar a frenar el cambio climático y que podrán aliviar el hambre en un futuro de millones de personas?